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martes, enero 31, 2006

Reina Madre

El recuerdo mas antiguo que tengo de ella se sitúa en su antigua casa, ubicada en el centro de Latacunga, Ecuador. En ese lugar en donde la familia grande se reunía en ocasiones especiales, solo para verse a los tiempos, conversar, hacer que sus niños jueguen juntos y luego ponerse a beber escuchando música de Juan Gabriel. En esa casa la recuerdo. En su cocina, más específicamente.
No se que edad tendría yo en ese entonces, solo se que, siendo muy niño, mis padres me enviaron a esa casa a pasar vacaciones, no se por qué. Lo que sí se es que era demasiado pequeño, y era mi primera vez alejado de mis padres, por lo cual me la pasé llorando durante casi todo el "paseo". Solo ella me calmaba. Me daba un abrazo, un beso, jugaba conmigo y me daba una golosina. Y para retribuirla, yo intentaba ayudarla con sus tareas, aunque creo que no le era muy útil.
Creo que en esa época no estaba tan consciente de quién era ella exactamente, ni de la tristeza que debía estar padeciendo por la muerte de su esposo que, según mis cálculos, sucedió por aquellos años. Solo sabía que ella representaba la ternura, la comprensión, el cariño que difícilmente pude encontrar en otros miembros de mi familia grande. Por eso la quería tanto, y la sigo queriendo aún ahora.
Años después, cuando ella y la familia con la que vivía (una de sus hijas y uno de sus nietos) se vinieron a vivir a Quito, yo me alegré mucho. Podría visitarla más seguido, abrazarla y escuchar sus constantes observaciones al mundo que la rodeaba, siempre divertidas y con ese toque de inocencia infantil que caracteriza a la gente de su edad.
Claro, las visitas sí fueron más seguidas, pero no tanto como yo lo pensaba pues, además de que su casa estaba ubicada en el lado opuesto de la ciudad respecto a la mía, se encontraba rodeada de otros de mis parientes, con quienes nunca mantuve una relación cercana, y mucho menos de amistad o cariño.
Esa "barrera" mantuvo las visitas limitadas a unas pocas veces al año, en las que ella, siempre jovial y activa, se desvivía por atendernos bien, ofreciéndonos comida deliciosa, conversación y alegría.
Lamentablemente, una fuerte caída que sufrió hace algún tiempo acabó con su actividad, reduciéndola a una silla de ruedas de la cual dependía para todo. Y aunque siempre extrañé el hecho de que en su casa siempre había café, maíz tostado u otras cosas ricas que ella preparaba, estaba feliz de tenerla. De que estuviera viva y, a pesar de todo, sana, lúcida, vital.
Así pasaron algunos años mas. Poco a poco ella iba perdiendo sus aptitudes mentales y las aptitudes físicas que le quedaban. Los últimos meses ya no reconocía a sus familiares, y era incapaz de moverse por sí sola, requiriendo más que nunca del cuidado de su familia. Esta situación llegó a su límite en diciembre del año pasado, en donde una complicación cardio-respiratoria obligó a que se le practiquen análisis médicos que, tras mucho padecer y esperar en un hospital público para obtenerlos, revelaron lo que muchos ya intuíamos. Debíamos prepararnos para lo peor.
El enorme cariño que supo ganarse de toda su familia, incluyendo a sus parientes políticos, nos puso en movimiento a todos cuando se trataba de llevarla al hospital. Su movilidad era nula. Sus ojos, apenas abiertos, parecían ignorarnos a todos. Su boca, a veces entreabierta y a veces cerrada, no lograba emitir mas que sonidos guturales que todos tratamos de comprender, pero nadie pudo. Y cuando la mala noticia nos fue dada por los médicos, justo en temporada navideña, ese mismo cariño enorme juntó a toda mi familia grande en un mismo lugar, como no sucedía hace años, alrededor de ella, nuestra matriarca, para demostrarle nuestro cariño por última vez, aunque ella no pudiera responder como lo hacía antes.
La limitada creatividad de algunas de las señoras de mi familia acordó ratificarla en aquella reunión como la Reina Madre de mi familia. Tras la colocación de una corona (de la que ella seguramente no fue consciente) y la exaltación de la homenajeada, sus hijos y sus nietos dedicaron sus palabras y sus lágrimas a recordarla. A traer al presente todo lo que la Reina Madre había hecho por ellos en las distintas etapas de sus vidas.
Yo, que solo era su bisnieto, los oía en silencio sin escucharlos. Estaba concentrado en mis propios recuerdos, en la imagen que tenía de ella en la época de mis primeros recuerdos, en su vieja casa de Latacunga, en mis propias razones para quererla, para recordarla con alegría, con nostalgia, con cariño. Y si, la extrañaba desde entonces, pese a que la tenía frente a mí, prácticamente inconsciente.
Mi bisabuela, la Reina Madre de mi familia, falleció el penúltimo día del 2005, tras 91 años de una vida que todos sus hijos describieron como "agitada, pero feliz". Todos la extrañamos por nuestras propias razones, muy personales. Mi nostalgia de ella va acompañada de alegría, de buenos recuerdos, de deliciosos sabores, y de unas palabras que se me vienen a la mente cuando pienso en ella:
¡GRACIAS POR TODO, MAMÁ ABUELITA!


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